Anteayer asistí a una nueva sesión presencial del Master que estoy realizando en el INAP sobre gestión TIC.
Eché un buen día por varias razones, porque viajar a Madrid en el AVE es siempre un placer, porque aproveché el viaje para buscar unos comics que en mi ciudad son imposibles de encontrar y los localicé todos y a buen precio, y porque en la sesión presencial del Master lo pasé francamente bien.
Uno de los temas que se trataron fue el de la “Gestión de equipos” (humanos), asunto este sobre el que yo tengo grandes carencias, sobre todo por mi maniqueismo confeso y mi evidente falta de mano izquierda, y ambas cosas dificultan soberanamente mis relaciones con otros seres humanos, sobre todo en el ámbito laboral. Y eso que yo lo único que he pretendido siempre es que aquellos que estaban bajo mi dirección trabajaran, pero se nota que lo he hecho mal porque mis principales problemas como jefe siempre estaban relacionados con el personal. Así que tengo mucho que aprender sobre este asunto y por eso mis expectativas sobre el curso eran altas.
La exposición del profesor fue amena (a veces me costaba un poco entenderle porque hablaba bastante bajito y yo soy un poco duro de oído), con valiosos consejos y ejemplos claros de cómo actuar. Sin embargo yo veía bastante difícil su aplicación a la Administración pública debido a la propia idiosincrasia del funcionario, así como al propio funcionamiento de lo público.
La clase fue participativa, así que intervine exponiendo las dificultades específicas que, en mi opinión, tiene la Administración para un óptimo trabajo en equipo. Expliqué la rigidez en su funcionamiento y la imposibilidad de premiar el trabajo bien hecho y de castigar la desidia y el mal trabajo. Para ilustrar mi postura puse como ejemplo la historia que publiqué en este blog y que titulé “Hijoputa y gilipollas (con perdón)” y al término de mi exposición recibí un aplauso de los compañeros que engrosó mi ego y al mismo tiempo me avergonzó por ser el centro de atención.
Pero la parte de la charla que me resultó más curiosa fue aquella en la que el profesor nos pidió que dijéramos las cualidades más importantes que en nuestra opinión debe tener un buen jefe. Hubo aportaciones de todo tipo: que sea inteligente, líder, organizador, competente, empático, que defienda a los suyos (esto no lo entendí muy bien, ¿quiénes son los suyos?), que conozca bien el trabajo, que sea buen comunicador, que se reúna con su equipo, que sepa motivar, que sepa escuchar, que sea asertivo (este concepto tampoco lo entiendo bien), que sea creativo… y muchísimas más (alguien dijo por lo bajini que un buen jefe debería ser guapo, no oler y no expulsar salivilla cuando se dirige a ti).
Yo no comprendo porqué hay que ser tan exigente con los jefes. A mí me basta con que me diga las cosas claras, que me dé trabajo y que luego no me moleste cuando estoy trabajando.
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